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América, Nicaragua

El Pacífico: Salinas Grandes, Nicaragua (Centroamérica Exprés 30)

El autobús nos dejó en la puerta de la urbanización donde vive mi amiga, ya que le dijimos al revisor a qué número íbamos de la carretera de Masaya, y nos paró en la misma entrada, algo impensable en España ya que las paradas están establecidas.

Carolina nos recibió con gran alegría, después de comer nos fuimos al supermercado para comprar las provisiones del próximo fin de semana en Salinas Grandes, y luego pasamos a saludar a sus padres, a los que tomamos prestado el 4×4 para hacer el viaje: una buena parte del trayecto es por un camino de tierra lleno de baches.

Salinas Grandes es una franja costera situada al noroeste de Nicaragua, con playas prácticamente vírgenes que dan al Océano Pacífico. Allí, el hermano de Carolina y su mujer, tienen un alojamiento en primerísima linea de playa: un terrenito con varias cabañas, cocina, y porches con sillones y hamacas para disfrutar de tan bello paraje.

Cuando llegamos estaba hospedado un amigo de los propietarios: “El Flecha”, todo un personaje, acompañado por su novia, el hijo de esta, su amiga que a su vez es hermana del padre de Flecha, y la hija de esta que es prima del Flecha; todos nicaragüenses menos Jose y yo.

La velada fue muy agradable conversando sobre los devenires de la historia nicaragüense e intentando “arreglar el mundo”. Pasado un rato ellos se fueron a las hamacas para hablar de sus cosas, y después Carolina, Jose y yo dimos un pequeño paseo nocturno por la playa. Después de un buen rato nos fuimos todos a dormir.

A la mañana siguiente nos despertamos algo tarde, pero tampoco había prisa. Desayunamos y luego nos fuimos a La Ciudadela con el todoterreno del Flecha a comprar pescado fresco para la comida; ellas se quedaron tomando el sol y bañándose con los niños.

La Ciudadela es una aldea de casas prefabricadas que se construyó un par de kilómetros tierra adentro tras un tsunami que arrasó la costa de Salinas Grandes hace algunos años. Cuando llegamos allí resultó que no tenían pescado para vender, pero nos indicaron que regresáramos hacia la costa hasta la casa de unos pescadores. Y para allá que nos fuimos a comprar el pescado, que finalmente compramos. Cuando regresamos se lo dimos a Challo: la cocinera y casera de las cabañas, para que lo preparara junto al pollo que compramos para la comida.

Ya con la compra hecha, nos fuimos a dar un paseo por la orilla de la playa. Jose, Carolina y yo nos dimos un pequeño baño y llegamos a la conclusión de que lo del Océano “Pacífico” era como una broma: ¡es muy bravo y peligroso! Yo opté por salir. ¡Ahora entiendo porqué dicen que el Mediterráneo es una piscinita tranquila si lo comparamos con el Pacífico!

Después del movido chapuzón dimos un largo paseo hasta llegar cerca de la Isla Juan Venado. Por el camino estuvimos buscando por la playa caracolas grandes, pero no encontramos ninguna, solo algunas pequeñas, vieiras y otras conchas. Como no podía ser de otra manera, las que me gustaba las iba recogiendo. En el camino de regreso nos encontramos varias vacas en la playa, a las que inmortalicé en mis fotos.

Challo preparó el pescado magistralmente para el almuerzo, estaba muy sabroso. Comimos todos juntos y luego la sobremesa fue muy agradable. A media tarde empezó a llover fuerte, así que decidimos regresar de nuevo a Managua, ya que al día siguiente teníamos previsto continuar nuestro viaje en dirección Monteverde (Costa Rica).

El regreso fue un poco peligroso, pues el camino era un barrizal inundado por la lluvia que no cesaba, no se veían los baches o más bien los “cráteres” que vimos el día anterior. Afortunadamente para nosotros, por el camino nos encontramos con otro todoterreno que era evidente que se conocía muy bien el recorrido y cada uno de los enormes baches. Carolina sólo tenía que seguir la misma trayectoria y maniobras de nuestro oportuno guía. Un poco antes de terminar el camino y empezar la carretera asfaltada en dirección Managua, cesó la lluvia.

Llegamos ya de noche a la capital, justo a tiempo para la celebración del cumpleaños de una de las sobrinas de Carolina. Unos meses antes yo había hecho de guía para ella y su familia en España, cuando visitaron Europa durante el invierno anterior. Todos se alegraron al verme de nuevo. La fiesta fue muy agradable, y de allí salimos ya cenados. Después de repartir besos a todos los presentes y buenos deseos, nos fuimos a dormir a casa de Carolina, aquella agradable noche fue la última en Nicaragua. Nos acostamos pronto a la mañana siguiente, pues teníamos que madrugar para coger el autobús en dirección a la frontera costarricense, pero eso es parte del último capítulo de nuestra aventura en Centroamérica…

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