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Europa, Italia

La gran Génova (17 días en Italia 2)

Cuando llego a un lugar por primera vez, en la primera bocanada de aire que respiro, ya intuyo si me gustará o no antes incluso de haber visto nada. ¡Tengo entendido que esto les pasa a muchas personas!. En esa primera bocanada en Génova intuí que me entusiasmaría, como así fue.

La guía que me prestó una compañera de trabajo decía de Génova, que aparentemente parecía una ciudad sucia y algo deprimente, que había una carretera aérea muy antiestética, La Sopraelevata que le restaba la belleza a esta ciudad, pero que si se le daba un poco de tiempo te empezaba a enamorar, y así fue. ¡Me enamore de Génova!

Posee el centro histórico más grande de Europa (Caruggi) y dos de sus calles Patrimonio de la Humanidad La via Garivaldi y La via Balvi. Están llenas de palacios que muestran el esplendor de Génova. Lo que más me llamo la atención es la cantidad de vespas que habían aparcadas, miles de ellas en los aparcamientos, explanadas municipales.

También es cierto que desde el principio deseaba visitarla, Jose no estaba nada de acuerdo, ya que me decía: ¡Nadie va a Génova, que todos pasan de largo, ni tan siquiera los circuitos organizados más largos! Creo que si a mí ,me enamoró después de visitarla, a Jose le enamoro mucho más que a mí.

Génova es preciosa, es una de las ciudades que más me ha gustado. A la mañana siguiente nos dimos una gran paseo. Partimos de la espectacular Estación Porta Principe y de allí hacia su casco antiguo (caruggi), después nos fuimos al Porto Antico donde subimos en un ascensor panorámico (IL Bigo), donde se divisaba la ciudad a vista de pájaro. De allí nos fuimos a ver La Porta Siberia y después al Magazzine del Cotone, hoy convertido en centro comercial.

Observamos que la gente compraba bocadillos con refrescos y se los comía en la calle, se sentaban en la escalera de la Piazza Caricamento situada frente al Palazzo S. Giorgio  e hicimos lo mismo que vimos, decidimos parar para almorzar.

En una calle paralela al palacio estaba lleno de pequeños locales muy estrechos con mostradores donde exponían las piezas de fiambres, carnes, salsas, hortalizas, verduras…. En la puerta junto a la entrada,  estaba la carta escrita de los bocadillos con sus ingredientes. Los dependientes hacían los bocadillos en el acto, cuando te tocaba el turno. ¡Compramos unos bocadillos que estaban buenísimos! y como dos italianos más nos comimos el bocadillo en la plaza.

Ya con la tripita llena nos fuimos a ver la preciosa Catedral de San Lorenzo. Me recordaba a la Mezquita de Córdoba, con sus mármoles negros y blancos, y frescos en su interior.

Nos dirigimos a la Piazza Matteon donde se encuentra el Palazzo Ducale. Cerca de allí está la Plaza Ferrari, de allí nos fuimos en busca del ascensor.

En Génova es todo una sucesión de escalinatas y cuestas peatonales (las creuse), que con sus amplios escalones de piedra salen las cimas de los mil pequeños valles de esta ciudad oblicua. Allí vimos un atardecer rojizo y violeta de otoño precioso.

De allí nos fuimos a la calle Balvi, una recta de 250 metros flanqueada por una docena de palacios. También los hay en las calles Vía Aurea, Vía Garibaldi.

Estuvimos callejeando y fuimos a parar al puerto, el ambiente era muy apacible, y sobre las ocho de la noche, de pronto todo cambió, empezaron a cerrar los comercios y surgieron de la nada grupos de mujeres, la mayoría negras, demasiado ligeras de ropa para la temperatura que hacía, acompañadas de otras gentes de dudosa ocupación, el ambiente se enrareció…

Con el susto en el cuerpo aligeramos el paso, pero sin correr, de regreso hacia alguna calle más céntrica. Cuando pasábamos por el lado de uno de estos grupos, escuchamos una discusión ¡Y de repente cayó una maceta del cielo que rozó a Jose! El susto fue monumental, era evidente que alguna vecina descontenta había arrojado la maceta coincidiendo con nuestro paso. Cuando salimos del puerto respiramos más tranquilos.

Ya faltaban pocas horas para la salida del expreso, nos fuimos a cenar en la Trattoria Pino`s que tenía menú turístico. El primer problema fue la comunicación, mi diccionario no incluía nada de lo que ponía en el menú, con expectación entramos a la trattoria.

El local tenia forma de bombilla y nos dirigimos hacia el interior cuando nos preguntó el cocinero si deseábamos la carta o el menú turístico, al decirle el turístico, nos hizo retroceder hasta casi la entrada donde habían dos pequeñas mesas y la silla cabía justa. Sus formas fueron tan poco apropiadas que nos plantearnos irnos de allí, finalmente decidimos quedarnos y nos sentamos en la mesita turística, que median justo la mitad que las mesas del salón del fondo. Después vino el cocinero con peores formas y nos preguntó qué queríamos, no entendíamos nada. Al preguntar sobre lo que era tal o cual cosa, exclamaba agitando los brazos: ¡¡Señora …, lo que hubiese preguntado!!, con los ojos llenos de incredulidad, pedimos a voleo, sin saber, qué nos iban a servir. ¡Toda una aventura!

Nuestro enfado era evidente por semejante trato, y la que suponíamos eran la mujer y su hija, le regañaron por sus formas. Nos dio la sensación que su familia, lo estaba pasando mal con toda la escena: el cocinero protestaba con aspamientos de brazos, gestos y movimientos de cabeza en la cocina, y nosotros ubicados en el pasillo turístico con muestras evidentes de enfado.

Después de conversar entre nosotros, decidimos que no íbamos a permitir que nos amargara nada y disfrutar de la mini-ración turística que nos cocinó el dueño gruñón que resulto muy sabrosa y excelente.

Cuando estábamos terminando el cocinero sentó a nuestro lado, y creo que se disculpó, tal vez por la insistencia de su familia. No sé, pero a mí me valió, lo consideré un mal entendido.

Después de la agitada cena nos marchamos al hotel Europa donde recogimos nuestro equipaje y nos fuimos a la estación. Nuestro tren salía de la Estación de Piazza Príncipe, el Espresso 809, de 00:01 a 09:11 (9 h.) dirección a Nápoles, y que llego a las 10.30… Nuestro compartimento de una litera era cómodo; creo que me dormí al poco de acostarme, y no me desperté hasta que llamó el revisor con el desayuno una hora antes de bajar en Nápoles.

2 comentarios

  1. Elvira

    Viajaré algún día a Génova y dejaré que me enamore como lo hizo con vosotros.

  2. labitacora

    ¡Seguro que sí!
    Un abrazo

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