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América, Guatemala, Honduras

Dirección a Tikal, Guatemala (Centroamérica Exprés 12)

UNDÉCIMO DÍA

Por la mañana nos dimos una vuelta IMG_1020por el tranquilo pueblo de Copán Ruinas, y dos horas antes de salir hacia El Petén, la región norte de Guatemala, padecimos del “Mal de Moctezuma”…
Fue tremendo, el médico de Sanidad Exterior ya nos lo advirtió, que lo más probable era que en el trascurso del mes que íbamos a pasar en Centroamérica sufriéramos más de una diarrea y que era normal. Durante un buen rato estuvimos turnándonos en el baño, al grito de “corre levanta que voy”. Afortunadamente ya veníamos preparados con el antídoto oportuno y la cosa se cortó a tiempo.

Cuando nos encontramos mejor fuimos a la lavandería a recoger nuestra ropa, pero según nos dijeron no la tenían apunto por un corte de agua, no lo creímos, pero no dijimos nada, recogimos las bolsas y nos fuimos al hotel a terminar de preparar las mochilas. Pensamos “Buenooo, ¡el día empezaba y continúa mal y todavía nos quedaba más de ocho horas de autobús hasta llegar a Santa Elena, sin contar la espera en la parada de Rio Hondo!”

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La frontera con Guatemala

La primera etapa del viaje la hicimos con una furgoneta turística (una “intermortal”), pero en esta ocasión el conductor no era tan temerario. Salimos de Honduras cruzando la frontera y llegamos hasta Río Hondo.

Río Hondo no es un pueblo, es un apeadero de autobuses en la carretera del Atlántico, en torno al que se han ido adosando algunos negocios de chiringuitos de chapa que venden comidas populares. Cuando vimos llegar el autobús de “Fuentes del Norte” que nos tenía que llevar a Flores se nos cayó el mundo encima: viejo, destartalado y lleno de gente.

Ocho horas de viaje enlatados y dando saltos en los incomodísimos asientos de la última fila, con un calor insoportable, pasajeros sentados en el pasillo, vendedores que se suben en cada parada con tortas, pasteles, refrescos en bolsas de plástico y cualquier otra cosa inimaginable… A Jose le tocó el asiento central del final del pasillo y corría el riesgo de salir despedido en cualquiera de las bruscas paradas o con algún bache. A mí, el ocupante de delante que me tocó en suerte desde luego muy amable no fue conmigo: el respaldo de su asiento lo tenía completamente hacia atrás, esto hacía que yo tuviera las piernas completamente aprisionadas, pero lo peor era que él estaba recostado en el respaldo del asiento de delante. Cuando ya tenía dolores en las piernas, le pedí que echase el respaldo del asiento hacia adelante, pero me miró como si fuera extraterrestre. Yo sé defenderme sola, y si algo o alguien me molesta no me callo, lo digo. Con respeto y educación se puede decir todo, aunque a algunos hombres les moleste y no lo acepten, ¡ese es su problema, no el mío!

Echó el respaldo hacia delante de mala gana, pero la alegría me duró poco: al poco inclinó el asiento de nuevo para poco después incorporarse y seguir apoyado en el asiento de delante. Le volví a llamar la atención, esta vez me miró con cara de asco, imagino que por ser una mujer con carácter que le miraba directamente a los ojos; de nuevo echó el respaldo hacia delante. Poco después cambió de asiento, eso sí, antes de irse volvió a reclinar el asiento que se quedó vacio. ¡Impresentables machistas hay en todos los sitios!

Imagino que si Jose le hubiese pedido que echase el asiento hacia adelante, no lo hubiera echado hacia atrás. Pero Jose me respeta profundamente y no dijo nada (Jose opina que: las mujeres deben hacerse respetar por sí mismas, y si yo la hubiese defendido hubiera sido una actitud machista por mi parte: el tipo debía aprender que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres).

Ya de noche, el autobús se adentró entre los campos por un camino de tierra lleno de baches, y durante unos minutos todos los pasajeros estuvimos dando botes. De repente el autobús se detuvo en el camino frente a una casa y sonó el claxon; se abrió una puerta y salió una niña seguida por un perro, al tiempo uno de los chóferes sacaba del maletero a un pastor alemán que había introdujo horas antes. La niña abrazó a uno de los conductores, y después del tierno abrazo se reencontraron los perros que empezaron a ladrarse, los dos conductores tuvieron que tirar de las respectivas correas de los perros y ataron al pastor alemán, la expectación era máxima. Los conductores, la niña y una señora que apareció antes, se metieron en la casa, y después de unos minutos, salieron los conductores, se despidieron y uno de ellos subió al autobús. Retomamos el camino hacia la carretera no sin antes tener nuestra ración de botes.

¡Aquello era increíble! Habíamos dejado a uno de los conductores en su propia casa y la gente del autobús no parecía alucinar como nosotros. Ya a esas alturas con unos asientos tan duros y después de más de siete horas de viaje que llevamos desde Río Hondo, y sin contar las de Copan hasta Río Hondo, teníamos las posaderas y las piernas desechas… Trascurridos menos de diez minutos, por fín, llegamos a la estación de autobuses de Santa Elena.

Flores y Santa Elena son dos pequeños pueblos, el primero situado en la isla del mismo nombre en el lago Petén Itzá y comunicado a tierra firme por medio de un puente que desemboca en el segundo pueblo. Los dos suelen ser donde se alojan los visitantes del Parque Nacional Tikal. Como de costumbre llegamos a nuestro destino ya entrada la noche a Santa Elena. La oscuridad de sus calles hizo que nos costara encontrar el hotel y ademas el acosados por los taxistas, terminamos por ceder a uno de ellos para que nos llevase a el Hotel Jaguar Inn Flores que no encontrábamos.

DUODÉCIMO DÍA
Ya por la mañana, tomamos un tuc-tuc (un moto-taxi de tres ruedas) para hacer algunas compras en el supermercado local y sacar algunos miles de quetzales en el cajero automático. Más tarde, salimos con el minibús hacia Tikal: 50 kilómetros a través de una buena carretera, primero bordeando el lago Petén Itzá y luego adentrándose más y más en la frondosa selva. Después de pasar un control de entrada al parque, la última docena de kilómetros se recorren a una velocidad limitada, mientras desfilan señales que advierten del cruce de animales salvajes. Por fín llegamos a Tikal, el punto más remoto de todo nuestro viaje por Centroamérica, dentro de un complejo de Reservas de la Biósfera que abarca más de dos millones de hectáreas y se extiende entre tres países: México, Belice y Guatemala.

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