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Europa, Italia

De vuelta a casa (17 días en Italia 18)

A la mañana siguiente volvimos a Murano para probar suerte e intentar ver la demostración, y vaya si la vimos…

Tuvimos el privilegio de hacerlo por tan sólo 1 € por cabeza. ¡Fue impresionante ver como en pocos minutos creaba figuras, cuencos o el caballo de Ferrari!

Después de hacer el caballo le dije que cuanto me costaría comprarlo, el maestro del vidrio me dijo que podía comprar uno igual en la tienda, pero yo le volví a insistir en que quería ese. Nos sorprendió porque se acercó al oído de Jose y le susurró que nos lo vendía por diez euros hora y media después en el bar de al lado… Con la boca abierta nos fuimos a visitar la tienda y de allí a Venecia a hacer tiempo.

Llegamos tarde, y el “vendedor” no estaba. Así que Jose se acercó al taller, mientras yo esperaba en el bar. Jose volvió sin encontrarle, así que decidí intentarlo yo por si tenía más suerte; no quería darme por vencida.

El taller estaba al final de un largo pasillo y los cristales de los ventanales estaban forrados con papel adhesivo en vez de cristales de colores. Como bien se dice por aquí: en casa de herrero cuchillo de palo, pues lo mismo que en el taller de cristal. Me pareció ver la silueta de perfil de una persona apoyada en el ventanal decorado y en un agujero en el papel de la parte superior, me pareció ver un ojo parpadeante que me miraba.

La emoción me invadió, pero me controlé. Lo saludé con disimulo, moviendo sólo las manos, sin aspavientos, y en pocos minutos se presentó el maestro que me indicó que le esperase en el bar y que en quince minutos iría. No caminaba, me deslizaba hacia el bar. Mi cara debió ser todo un poema porque Jose riendo me dijo: ¡lo has encontrado, mujer afortunada!

A la hora indicada el soplador de vidrios apareció y salimos a su encuentro con emoción contenida, había que disimular. Parecíamos tres delincuentes traficando con yo que sé qué…

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El Caballo que nos llevamos a casa

Jose le dió los diez euros y el maestro sacó un amasijo de papeles de periódico de debajo de la chaqueta. Le dimos el dinero y nos entregó el bulto. Jose cogió el montón de papel con nerviosismo, le dije que lo comprobara, no fuera cosa que nos engañara. Comprobamos que el caballo estaba envuelto en el papel de periódico…  felices como codornices no volvimos a la parada del vaporetto.

Con las idas y venidas a Murano en la barca, con sus innumerables paradas, transcurrieron casi tres horas: el tiempo que queríamos haber dedicado a callejear por Venecia, pero a cambio tenemos un hermoso caballito rampante que nos saca una sonrisa cada vez que lo miramos.

Después de recoger las maletas y de nuevo en el vaporetto, recorrimos todo el Canal Grande, que transcurre entre los palacios más vistosos.

Con las maletas y en un suave paseo, fuimos viendo los diferentes palacios de sus orillas: empezamos con Santa María della Salute, el Palazzo Contarini Fasan, el Palazzo Darío, colezione Peggi Gueggenhein, Galleria dell’Academia, el Palazzo Grassi, Ca’ Rezzonico, Museo de Settecento Veneziano, Ca’ Foscari, el Palazzo Goldoni Museo del Teatro, el Palazzo Pisani-Moretta, el Ponte del Rialto, Ca’ da Mosto, Galleria Franchetti alla Ca’ d’Oro, el Palazzo Corner della Regina, Ca’ Pesaro, Galleria Nazionale d’Arte Moderno e Museo d’Arte Orientale , el Palazzo Barberigo, el Palazzo Doná Giovannelli, Santa Maria di Nazareth o Chinesa degli Scalzi, y finalmente, la Stazione Ferroviaria.

Desde la Stazione Ferroviaria  tomamos el tren que nos llevó a Milán, donde llegamos con el tiempo justo y ya sin efectivo, con los bolsillos escurridos. Poco después de partir con el tren-hotel Elipsos de Renfe, pudimos cenar en el vagón-restaurante comida española, sin sorpresas en los ingredientes, que nos supo a gloria.

Después de cenar estuvimos charlando con otro pasajero con el que compartimos aventuras de viaje, y ya pasada la media noche nos fuimos a dormir a nuestro compartimento.

De buena mañana llegamos a Barcelona, con la sorpresa de que no podíamos tomar el tren hacia Valencia, por lo menos en parte del trayecto: nuestras aventuras seguían… Habían habido problemas en la construcción de la línea del Ave en Barcelona y los pasajeros tuvimos que hacer un trasbordo en autobús hasta Tarragona, y ya desde allí continuar en tren hasta Valencia; este trayecto que suele costar unas cuatro horas, nos costó casi el doble.

Una vez en Valencia, tomamos el tren de cercanías y después un taxi desde la estación, para poder llegar a casa.

A media tarde llegamos a nuestro dulce hogar. Llegamos exhaustos, con la maleta emocional repleta de anécdotas, lugares, risas y más enamorados.

Ya en casa la redecoramos un poco, con las piedras volcánicas que recogimos del Etna, el óleo que compramos en Roma, las láminas de acuarelas de Roma y Florencia, además de la máscara veneciana, el plato de Sicilia que compramos en Palermo, y por último nuestro querido caballito que pusimos en un lugar destacado de nuestra vitrina.

Cuando planeábamos el viaje le dije a Jose que este viaje lo amortizaríamos durante mucho tiempo, y vaya si ha sido así: hemos aprendido mucho de nosotros y de otras gentes, y crecido más aun como seres humanos, ya que según mi modesta opinión, donde más se aprende es viajando….

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